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viernes, 22 de julio de 2011

Pruebas de fuego

Relinchó fuertemente y bajó su cabeza a la altura de la mía. Con un movimiento rápido, apartó sus ardientes crines de mi, para que no me quemase. En sus ojos aparecieron unas pequeñas chispas de llamas.  Me quedé hipnotizado e incapaz de moverme. A nuestro alrededor, se formó un gran cuadrado de llamas. Así el caballo se aseguraba que no tuviésemos forma alguna de escapar.
El suelo también empezó a cambiar. Se empezó a llenar de círculos de colores rojos y amarillos. Eran muy finos pero iban moviéndose de un lado a otro. Me estaba mareando solo de mirarlos. Para evitarlo, fijé mi vista en el techo, mientras pensaba como salir de aquella situación. Cuando el caballo se dio cuenta, relinchó nuevamente. Como reacción a aquello, el techo se llenó de cuadrados que se empezaron a mover entre ellos. Otra vez la sensación de mareo me invadía. Al final perdí el equilibrio y caí al suelo.
El horror vino a mí cuando sentí que el suelo no había detenido mi caída. Furiosas llamas de fuego naranjas jugaban con nosotros. No nos llegaban a quemar, pero si elevaban mucho la temperatura del ambiente. El suelo había desaparecido y  empezamos a caer. La sensación de incertidumbre, encogió mis sentidos. Miré al techo, allí los círculos se habían unido al baile de los cuadrados. Sentía que la locura invadía todo mi ser. Mi cuerpo caía al vacío mientras que todo a mi alrededor se movía con la más absoluta tranquilidad. Era algo totalmente irreal, pero que por el contrario estaba sucediendo. Intenté cerrar los ojos, para comprobar que estaba soñando. Pero una fuerza invisible me impedía pestañear. Círculos, cuadrados, fuego, llamas, eran todo para mi y yo tan solo un juguete para ellos.
El caballo no estaba por ningún lado. Miré a los lados, el pequeño ser también había desaparecido. Tan solo estaba yo con mi angustia y mi eterna caída.

viernes, 17 de junio de 2011

Caída

El círculo hueco formado a nuestro alrededor se empezó a desplazar lentamente hacia abajo. No podíamos saltar hacia el otro lado porque era como hacer un salto al vacío. Repentinamente, la tierra empezó a caer a más y más velocidad. Veíamos como la superficie desaparecía y la oscuridad de la tierra se cernía sobre nuestras cabezas. La frustración de no poder hacer nada mientras nos tragaba la tierra era inmensa. 
La escasa luz de la superficie ya se había perdido por completo y nosotros seguíamos cayendo. Paredes de tierra a la derecha y paredes de tierra a la izquierda. Ningún signo de vida a excepción de nosotros. 
Los segundos se hicieron minutos, y los minutos horas en aquella espera hacia lo desconocido, y el sentimiento de angustia crecía y crecía. Después de interminables momentos, empezamos a ir más despacio. Cuando la tierra pasó de ser marrón oscura a gris, nos detuvimos en seco produciendo un sonoro golpe. El impacto fue tan grande que nos hizo saltar y casi precipitarnos por el hueco hasta el infinito. Nos quedamos totalmente quietos, miré por el hueco y parecía que nos habíamos quedado incrustados en algo. 
Miré con mucha atención a mi alrededor. Había muchos agujeros pequeños en la pared, pero el tamaño no era suficiente como para que pudiese pasar. Miré por todo el lado de la derecha, pero nada, luego empecé a mirar por la izquierda y al fin, vi un agujero lo suficientemente grande como para pasar. Cogí al pequeño ser en brazos y lo empujé hacia el agujero. Me asusté, el corazón me empezó a latir a mil cuando noté como la tierra debajo de mí empezaba a ceder. Si no me daba prisa seguiría mi caída hacia el infinito. Salté hacia el agujero, caí de puntillas y me resbalé. El corazón me salía del pecho de la angustia. Conseguí cogerme con una mano del borde. 
El hueco ya había empezado a descender dejándome sin más opciones. La mano me empezó a resbalar, me balanceé un poco para intentar sujetarme con la otra mano. Mi primer intento fue fallido, los dedos cada vez tenían menos fuerza pasa sujertarme. Estaba en una situación límite, el precipicio me llamaba, pero yo no quería escucharle. Lo intenté una segunda vez. Tenía las manos sudorosas