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miércoles, 31 de agosto de 2011

Laberinto de imágenes

En el fondo de mi inconsciente sabía que lo que estaba viendo no era real. A pesar de ello no podía dejar de soñar. Rosas de fuego invadían mis pensamientos. Era un símbolo, representaba algo. Pero yo, no lograba entenderlo. Después, árboles oscuros aparecieron en mi mente. La mayoría de ellos eran flotantes, otros estaban anclados al suelo. Rayos y truenos completaban el paisaje. Era un laberinto de imágenes lo que pasaba por mi cabeza. Me estaba volviendo loco. Aunque ya me había pasado en varias ocasiones, no conseguía acostumbrarme a aquello. Me adentraba tanto en esas visiones que mi alma volaba de un sitio a otro con rapidez. 
Empecé a correr, no sentía los pies, ni el suelo debajo de ellos. Aún así sabía que estaba corriendo. Todo era confuso. Miré al cielo, allí estaba Axel, me había descubierto y me acechaba. Su cuerpo era más grande y musculoso de lo que recordaba. Todavía tenía cierta ventaja sobre él, pero avanzaba hacia mí. Cuanto más se acercaba, más sudores me entraban. 
Una dulce voz empezó a escucharse a lo lejos. Me dejé llevar por aquella melodía. Cerré los ojos. Cuando los volví a abrir estaba en una habitación pequeña. Había rosas de fuego dibujadas por todas las paredes. Iban apareciendo poco a poco, hasta llenarlo todo. Cuando la pared estuvo totalmente cubierta por ellas, desaparecieron. En su lugar aparecieron rosas de agua. Se produjo un estallido y la voz que había escuchado se intensificó.  En el suelo quedaron resquicios de fuego y de agua. Guiados por la voz, se entremezclaron y apareció una imagen. A pesar de que era la primera vez que la veía, supe que era Kaysa. 
Estaba pidiendo ayuda. Debíamos darnos prisa en encontrarla.



sábado, 20 de agosto de 2011

Camino tétrico

Iniciar nuevamente el camino se me hacía muy complicado. Más aún ahora que sabía que lo que nos esperaba podía ser peor que lo que habíamos vivido hasta ahora. Encontramos un camino estrecho por el que avanzar. Los árboles cada vez eran más altos y el paisaje más oscuro. Tapaban incluso la leve luz de la luna que intentaba penetrar entre sus hojas. Por suerte mis ojos eran claros y podía captar mejor aquellos insípidos destellos de luminosidad.  Las ramas de algunos árboles estaban rotas y parecían espectros lóbregos. Era inquietante, me sentía vigilado por alguien que se mantenía oculto. Cuando más avanzábamos, peor la sensación era. Escalofríos recorrían todo mi cuerpo y el sudor frió empañaba mi frente. Unas caras comenzaron a aparecer en los árboles. Me asusté, no sabía si era real o había sido mi imaginación. Intenté agudizar la visión, pero todo se quedó quieto. Me distraje unos segundos y miré al suelo. Luego otra vez a los árboles. La angustia corrió por mis venas. Otra nueva cara, no pude distinguirla, desapareció enseguida. Miré a mis compañeros, nadie había visto nada.