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jueves, 13 de octubre de 2011

Fondo del agua

Cerré los ojos. Parecíamos marionetas en un circo salvaje. Estaba mareado. El torbellino nos había tragado por completo. Girábamos con tal violencia que sentía como mi estómago bailaba la danza del fuego. Además, la succión era muy fuerte. Cada vez estábamos más cerca del agujero principal.
El pequeño ser fue el primero en pasar por el agujero, la náyade entró poco después. A mi me costó un poco más. Era más grande que los demás y me quedé encajado. Al final la presión ejercida por el agua hizo estallar unas cuantas rocas. Fragmentos de piedras salieron por todos lados. Uno me golpeó la cabeza. El dolor me estremeció, pero no lo suficiente como para dejarme inconsciente. Aún así mi cuerpo pasó con mucha dificultad por el agujero. Cuando por fin estuve al otro lado, sentí la libertad plena. Libertad de movimientos e incluso libertad de pensamiento. Mis ojos todavía no se habían acostumbrado a la oscuridad, pero sentir el cuerpo tan liviano me llenaba de gozo. Tenía que buscar a los demás. Moví mi cabeza de un lado hacia otro. Esperaba recuperar la visión pronto. Después de tres movimientos de cabeza más, mi visión se volvió más nítida.
Me quedé petrificado ante la imagen que tenía enfrente. Multitud de algas negras se mecían de un lado a otro. Estaban llenas de pequeñas espinas. Se entrelazaban unas con otras formando un complejo laberinto. La tierra de la que nacían, era totalmente negra. Estaba formada por una arena muy fina. Me acerqué para contemplarla. Me parecía fascinante. En cuanto toqué el suelo una alga se entrelazó en mi pierna. Me dio una fuerte descarga eléctrica. Tenía que quitármela de encima. Pasaron unos segundos, una nueva descarga se produjo. Esta vez era más fuerte.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Laberinto de imágenes

En el fondo de mi inconsciente sabía que lo que estaba viendo no era real. A pesar de ello no podía dejar de soñar. Rosas de fuego invadían mis pensamientos. Era un símbolo, representaba algo. Pero yo, no lograba entenderlo. Después, árboles oscuros aparecieron en mi mente. La mayoría de ellos eran flotantes, otros estaban anclados al suelo. Rayos y truenos completaban el paisaje. Era un laberinto de imágenes lo que pasaba por mi cabeza. Me estaba volviendo loco. Aunque ya me había pasado en varias ocasiones, no conseguía acostumbrarme a aquello. Me adentraba tanto en esas visiones que mi alma volaba de un sitio a otro con rapidez. 
Empecé a correr, no sentía los pies, ni el suelo debajo de ellos. Aún así sabía que estaba corriendo. Todo era confuso. Miré al cielo, allí estaba Axel, me había descubierto y me acechaba. Su cuerpo era más grande y musculoso de lo que recordaba. Todavía tenía cierta ventaja sobre él, pero avanzaba hacia mí. Cuanto más se acercaba, más sudores me entraban. 
Una dulce voz empezó a escucharse a lo lejos. Me dejé llevar por aquella melodía. Cerré los ojos. Cuando los volví a abrir estaba en una habitación pequeña. Había rosas de fuego dibujadas por todas las paredes. Iban apareciendo poco a poco, hasta llenarlo todo. Cuando la pared estuvo totalmente cubierta por ellas, desaparecieron. En su lugar aparecieron rosas de agua. Se produjo un estallido y la voz que había escuchado se intensificó.  En el suelo quedaron resquicios de fuego y de agua. Guiados por la voz, se entremezclaron y apareció una imagen. A pesar de que era la primera vez que la veía, supe que era Kaysa. 
Estaba pidiendo ayuda. Debíamos darnos prisa en encontrarla.



jueves, 9 de junio de 2011

Pequeñas revelaciones

Cuando nos quedamos tan solo a un paso de distancia empecé a notar como todo mi cuerpo se ponía tenso. El hombre empezó a hacer diversos gestos con la mano. La levantó rápidamente, la hizo descender de forma rítmica, luego la movió hacia la derecha y por último chasqueó los dedos bruscamente. Con esto consiguió que el fuego se extendiese por todo nuestro alrededor, pero lo cambió a un color dorado.
Cuando terminó, comenzó a hablar:
-No sabes lo que estas haciendo aquí, ni quién es tu compañero ¿verdad?- preguntó mirándome, a lo que yo no contesté- de acuerdo, habéis pasado la prueba aunque todavía os queda mucho por aprender si os queréis enfrentar a todo lo que hay en el bosque y más allá- y ante mi cara de incredulidad, prosiguió- nosotros somos los druidas de la noche, nos desplazamos como sombras, y así escapamos de los controles nocturnos. Estamos alarmados porque ya queda poco tiempo para que la oscuridad total se apodere de todo lo conocido. Incluso las almas de los seres vivos se volverán oscuras si no lo paramos.-
-¿Eso qué tiene que ver con nosotros?- pregunté.
-Él es una especie única y mágica- dijo señalando al pequeño ser- hace siglos que no nace uno como él, y te ha elegido a ti- dijo mirando a los demás hombres y haciéndoles un gesto para que se acercasen - su supervivencia es todo un misterio- concluyó.
-¿Quién es él?- pregunté extrañado.
- Las grandes bestias tiene prohibido bajo pena de muerte morder a un humano. Porque cuando se ponen en contacto con su sangre, su cuerpo sufre una extraña magia negra que hace que de forma inexplicable tengan una cría como él- dijo señalando al pequeño ser- Además de la pena de muerte que las persigue, hay muchas leyendas sobre la mala suerte que traen. Por eso ninguna se atreve a morder a los humanos-.

miércoles, 1 de junio de 2011

Compañero

Intenté dialogar con el pequeño ser aproximadamente una hora, pero no entraba en razón. Seguía aferrado a mi pierna con fuerza. Empecé a dar vueltas sobre mí mismo, a ver si así me dejaba en libertad. Cogí tal velocidad, que todas las ramas y las lianas que estaban cerca se levantaron del suelo. Paré de inmediato, confundido por la fuerza que había cogido mi movimiento. Estaba sufriendo cambios en mi cuerpo y en mis habilidades que no llegaba a comprender.
Cuando me dejó de dar vueltas la cabeza, miré mis piernas, pero el pequeño ser seguía ahí. No se había movido ni un milímetro. No sabía que más podía hacer con él.
-¿No te vas a despegar de mi?- le pregunté , a lo que me miró con los ojos muy abiertos- de acuerdo- resoplé.
Recogí mi mochila y las pocas pertenencias que se habían caído y le hice un gesto al pequeño ser para que me siguiese. Se acercó a su madre, le tocó la zona dañada del vientre y con una lágrima se despidió de ella. Era una escena de lo más conmovedora. No entendía porque aquel pequeño había considerado que era necesario separarse de ella. Quizás algún día lo averiguaría.
Nos adentramos en el bosque otra vez, en aquel laberinto sin escapatoria. A los pocos segundos, a lo lejos una pequeña luz brilló.

miércoles, 25 de mayo de 2011

El principio del laberinto

Decidí partir aquella misma noche, prefería no despedirme de mis hermanos, así sería menos doloroso. Mi mochila estaba raída por todas partes, pero no habíamos tenido más tiempo. En la despensa no había demasiado, un pequeño trozo de pan y una pasta seca de jabalí deberían ser suficiente para aguantar unos días.
Nunca había tenido una sensación de pesadumbre tan grande como en el instante en el que crucé la puerta. Miré tan solo una vez para atrás, para tener todavía el valor de emprender mi huida. Sin pensarlo más me adentré entre las sombras.
Los primeros árboles me eran familiares, pero a medida que me alejaba en dirección norte, el paisaje se volvía más espeso y las lianas de los árboles me impedían el paso. Debía darme prisa y alejarme lo más posible del pueblo antes de que amaneciese, pero el laberinto que veía enfrente me desconcertaba y atrasaba.
Me detuve a descansar unos segundos y al mirar a mi alrededor, unos ojos rojos me observaban. Me entró pánico y quise correr, pero al ver que los ojos seguían estáticos me detuve y con cautela avancé.

martes, 17 de mayo de 2011

Un atisbo de esperanza

Las horas del día siguiente se me hicieron eternas. El descubrimiento de aquel niño era volver a encontrar la esperanza de no sentirme un extraño en aquel mundo. La que se supone que era mi familia era tan diferente de mi.... con gustos tan diferentes.. aspecto.. todo.
Mi estado de ánimo cambió totalmente cuando las luces de día empezaron a esconderse. Esperé pacientemente hasta que todo el mundo se fue a dormir y salí a hurtadillas.
Volví a la misma casa que la noche anterior, y el niño estaba allí, no había sido un sueño. Me acerqué a otras casas e imágenes parecidas se mostraban ante mí. Lo que no llegaba a entender es porque solo había niños. Ninguno tenía más de diez años, ¿era yo el único que había llegado a los dieciséis años?.
Me quedé tan absorto en esos pensamientos que perdí la noción del tiempo. Y poco a poco un nuevo amanecer aparecía.