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viernes, 26 de agosto de 2011

Caras talladas

Era muy complicado caminar entre los árboles. El terreno era demasiado espeso como para poder avanzar a paso ligero. Después de pensarlo mucho, descartamos el sendero principal. Era demasiado peligroso. De esta manera, quedábamos menos expuestos a ojos avizores.
Aquello me recordaba a mis primeros días de viaje. Estaba en un laberinto idéntico. Por todos lados había raíces que salían de la tierra. Tardamos un día entero en avanzar tan solo unos pocos kilómetros. Aquello no era fructífero. Debíamos buscar otra solución.
No nos detuvimos hasta que no cayó la profunda noche. Cuando acampamos, me detuve a mirar los árboles. No entendía como cada uno de ellos tenía una ninfa en su interior. Parecían tan oscuros y solitarios que lo veía imposible.  Justo cuando me iba a dar la vuelta para volver a nuestro improvisado campamento, las vi. Aquellas caras me pusieron los pelos de punta otra vez. Eran alargadas y tenían unos ojos grises ovalados. Parecían grandes hoyos de desesperación. Al cabo de unos segundos, unas manos aparecieron a los costados. Fueron a parar directamente hacia su cabeza. Era una representación exacta de un grito de terror.
Quería ir a avisar a los demás, pero mi cuerpo estaba paralizado observando aquellas imágenes. Estuvo allí unos pocos minutos más, pero, luego se fue desvaneciendo. Aparecieron en su lugar unos dientes afilados. Poco a poco estos también se fueron desvaneciendo. La superficie del árbol se quedó nuevamente lisa. Me acerqué y esperé pero nada.
Volví confundido junto a los demás. Les hablé de lo que me había sucedido. Ninguno me supo decir que era lo que significaba aquello. No presagiaba nada bueno. Decidimos que dada la situación, descansaríamos solo un par de horas. Teníamos que continuar el camino lo antes posible.

lunes, 18 de julio de 2011

Consecuencias de la sed de sangre

Después de la primera impresión de ver los cuerpos mutilados, miré fijamente la gran muralla de hielo. Se presentaba tan poderosa que era difícil no admirarla. No había ni el más mínimo hueco para atravesarla. Iba a ser muy complicado moverse de aquel punto. Miré al pequeño ser, él también estaba pensativo.
Me alejé un poco, y me apoyé contra la pared. Aquel lugar estaba repleto de malas vibraciones. Tenía una sensación extraña en el cuerpo. En pocos días me había vuelto muy sensible a todo tipo de energías. Las sentía en la piel y se me erizaba el vello. Desafortunadamente solo había sentido malas vibraciones, jamás una buena. Esta vez no iba a ser diferente.
El pequeño ser me miró con los ojos brillantes de alegría. Me acerqué a él tan rápido como pude. Había tenido una idea. Me señalo la muralla con una mano y con la otra me dijo que me aproximase aún más. Colocó una mano sobre mi rodilla, y un dedo de la otra sobre el hielo. Noté un cosquilleo por todo mi cuerpo y esperé a ver que sucedía.
De su pequeño dedo empezó a salir una luz rojiza. Poco a poco fue apareciendo una prolongación en forma de uña. Muy fina pero muy fuerte. Cuando terminó de crecer, el pequeño ser acercó su dedo a la muralla y empezó a moverlo enérgicamente. Ante mi asombro se empezó a formar un pequeño agujero cilíndrico. Con un poco de esfuerzo traspasó todo el ancho de la muralla. Cuando terminó lo sacó y caminó hacía el otro extremo de la muralla. Me hizo un gesto para que me acercase nuevamente y repitió la operación. Así lo hizo hasta cuatro veces, formando un pequeño cuadrado.
Miró satisfecho su trabajo, y después su dedo, el cual ya había vuelto a su tamaño normal. Cogió mis manos y las colocó en el centro de aquel cuadrado. A pesar de la falta de instrucciones, comprendí sus intenciones. Me concentré al máximo. De mis manos empezaron a salir pequeños destellos dorados y verdes y el cuadrado de hielo reventó en mil pedazos. Un poco mareado del esfuerzo me di la vuelta y miré al pequeño ser. Fue la primera vez que solté una carcajada desde que había salido de mi casa. El pequeño ser estaba totalmente cubierto de polvo blanco.
Después de un breve momento de alegría, miré el agujero de la muralla. Era bastante pequeño pero de alguna manera tenía que caber por él. Levanté al pequeño ser y se deslizó sin ningún problema al otro lado. Yo lo tuve más complicado. Me quedé atascado unas cuantas veces, así que tuve que emplear la magia. Con mucho esfuerzo calenté un poco mi cuerpo. Esto me ayudó a convertir todo lo que me rodeaba en agua. No agrandé el agujero mucho más, pero si lo necesario para que al final pudiese pasar. Al llegar al otro lado, sentí como las energías me fallaban y caía de rodillas. Debía aprender a no desgastarme tanto.
Cuando contemplé lo que había a mi alrededor, una nueva ola de nauseas apareció. Todo el hielo estaba teñido de rojo sangre.

miércoles, 6 de julio de 2011

Un alma nueva

El medio- hombre sonreía con malicia al ver mi sufrimiento. Intenté levantarme, aunque mis rodillas y mi alma estuviesen rotas por el dolor que me producían aquellas imágenes. No podía dejar que eso pasase, debía evitarlo a toda costa.
Con decisión me puse enfrente de él. Levanté la mano despacio, para después moverla a una velocidad vertiginosa. Conseguí coger los dos lienzos ante la sorpresa del hombre. Pero lejos de enfadarse, sonrió otra vez. Le miré desafiante. Tenía los lienzos en mi poder. Me puse a mirarlos con atención, sí, eran ellas, no cabía ninguna duda. Sin darme tiempo a guardarlos o destruirlos, se desvanecieron ante mi.
El medio-hombre soltó una carcajada que se propagó por  todo el espacio vacío. Después me miró fijamente, y empezó a murmurar unas palabras en voz baja. Como respuesta a eso, me quedé totalmente inmóvil, no tenía ningún poder sobre mis músculos. Cuando comprobó que efectivamente no podía hacer nada, se dio la vuelta. Levantó los brazos lentamente  y empezó una invocación. Las almas perdidas del carruaje empezaron a gritar desesperadamente. Tal era la intensidad del sonido que un leve hilo de sangre recorrió mi oído.
Cuando terminó su invocación se giró hasta que nos quedamos cara a cara.  En los brazos llevaba el cuerpo de una chica de unos catorce años aproximadamente. Estaba muy mal herida y luchaba por su vida.  El monstruo la depositó en el suelo y empezó a hacer otra invocación. Luces brillantes empezaron a salir de la chica. Él, puso la mano a la altura de su cabeza y la luz se intensificó. Duró tan solo unos instantes, la chica no tenía las suficientes fuerzas para luchar contra él. Cuando dejó de salir luz de ella, la cúpula de la carroza se encendió. Empezó a absorber toda la luz y el cuerpo de la chica se quedó sin vida. Cayó al suelo y se convirtió en cenizas. Cuando la cúpula dejó de brillar, una nueva alma apareció entre los barrotes.
De mis ojos salían lágrimas por la impotencia. Aquel monstruo la había matado delante de mí. Yo no había hecho nada. Estaba hechizado para no moverme. Le miré con odio, y vi como un insecto salió de su boca. Lo atrapó con la lengua y se lo llevó a la boca otra vez. Después de eso, me miró con satisfacción y me señaló el suelo. Los dos lienzos habían vuelto a aparecer. Soltó una nueva carcajada y se fue hacia el carruaje, dejándome inmóvil.

sábado, 25 de junio de 2011

Gota negra

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. No sabía si había sido tan solo un sueño o una premonición. Perlas de sudor recorrían cada uno de mis músculos. El pequeño ser me miró con preocupación. Me detuve unos minutos para recuperar el aliento.
Me levanté, con mucho esfuerzo, para adentrarnos en el agujero. Después de dar unos cuantos pasos entramos en una cueva. Era circular y estaba llena de salientes con forma de garras. Gotas negras caían por ellos. La imagen era espeluznante. Intentamos avanzar con cuidado. Era complicado.
Perdí el equilibrio por unos instantes, una gota negra cayó sobre mi espalda. Mi cuerpo empezó a convulsionar. Torrentes de imágenes y voces aparecieron en mi cabeza. Fuego, gritos, llantos, sombras, huesos, sangre...

sábado, 18 de junio de 2011

Fuerza final

Cada vez tenía menos fuerza para sostenerme. Las manos me sudaban de tal manera por el esfuerzo, que me iba resbalando poco a poco. El pequeño ser intentaba ayudarme pero no podía con mi peso. Intenté balancearme otra vez. Giré un poco a la derecha, cogí impulso por la izquierda, resople fuerte y fallé otra vez. Las fuerzas se me estaban agotando. Todo me daba vueltas. Contemplé la idea de que me iba a caer en el abismo. Me quedaban apenas unos segundos.