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lunes, 7 de noviembre de 2011

Veneno

Sentí como las serpientes se acercaban. No habían desistido en el intento. La náyade seguía siendo una sirena. Por suerte podía nadar más rápido que ellas. Yo por mi parte no podía más. El veneno estaba ardiendo por todo mi cuerpo. Se había extendido con facilidad. Ya no tenía fuerzas para seguir escapando. Agarré a la náyade del brazo. Se me escapó. Creo que me cogió. No estaba del todo seguro. Todo era confuso a mi alrededor. Sentía el movimiento del agua en la cara. Procuraba mantenerme erguido, pero no podía. A pesar de estar ardiendo tenía frío. Cada vez más y más frío. Ya no sentía el agua. Había perdido la noción de tiempo y espacio. Las fuerzas de mis extremidades desaparecieron. La sensibilidad de mi piel se durmió. Los párpados me pesaban demasiado. Oscuridad.
-No te voy a dejar morir- escuché una voz lejana. Quería abrir los ojos pero no podía. Sentía que dos lápidas los habían cerrado- sigue mi voz, déjame entrar en ti- volvió a decir aquella voz. Un sonido desconocido para mí. De repente en mi mente aparecieron aquellos ojos verdes. Me hipnotizaron otra vez. No podía dejar de admirarlos. Intenté hablar. No podía. Mis labios estaban sellados.
-Te necesito para cumplir mis objetivos- susurró la voz sensual, la mirada se intensificó- no puedes morir, abre los ojos- un escalofrío recorrió mi cuerpo.

viernes, 21 de octubre de 2011

Cambios inesperados

El cuerpo de Kaysa se comenzó a convulsionar. Eran movimientos de enfado, de furia. Normalmente era muy tranquila, pero aquella sirena había tocado su fibra sensible. Además estaban en el agua, el medio natural de ambas. Aquello prometía ser un duelo en toda regla. Los nubarrones que habían apresado a la náyade no hacían más que soltarla descargas eléctricas, a pesar de ello, consiguió de alguna manera canalizar algunos de los chispazos para conseguir su propia potencia.  Sin ella saberlo, se estaba produciendo una revolución en su propio cuerpo.
La electricidad la estaba torturando, pero a la vez se sentía poderosa. Era una sensación extraña. La sirena estaba tranquila. Pensaba que estaba todo echo. Se dio la vuelta para volver con sus compañeras. Grandísimo error. Kaysa cerró los ojos, la potencia de las descargas se había intensificado. Su largo cabello negro se estaba poniendo de punta. De sus ojos salían chispas. Era una imagen terrorífica e inquietante. Se produjo una fuerte detonación. Se removió todo el agua a nuestro alrededor. Fuertes corrientes arrastraron todo lo que había en el fondo. Los animales salieron despedidos por todos lados y muchas algas pequeñas fueron arrancadas. Kaysa se retorció una vez más. De repente, se estiró lo máximo que pudo, un dolor intenso en la espalda la dejó casi inconsciente. Algo estaba creciendo en su espalda .  El dolor la subió a la cabeza. En aquel momento las descargas eléctricas eran el menor de sus problemas. El dolor aumentó hasta que asomó una lágrima en su mejilla. Cuando aquella lágrima tocó el suelo, unas magnificas alas aparecieron en su espalda.

martes, 4 de octubre de 2011

Pasaje hacia otras sensaciones

El agua estaba subiendo por momentos. Debía salir de allí. Tenía que enfrentarme a mis temores. Me preparé para correr. De forma rápida estudié la estrategia a seguir. Los huecos que se habían quedado libres. Procuré dejar la mente en blanco y me metí de lleno en un mundo de emociones. El primer fantasma que me tocó me heló la piel. Imágenes de almas perdidas y hundidas aparecieron en mi mente. Barcos encantados llenos de algas negras. Viajes por océanos oscuros llenos de tempestades. Los cuerpos extenuados de los marineros caían en cubierta. Luchaban por salvar su vida, a pesar de que ya no les pertenecía. La sombra del fin se cernía sobre ellos. Gritos suplicantes mientras se arrancaban las almas de sus cuerpos. Me sentía como si fuese uno de aquellos marineros. No podía perderme en el océano, debía avanzar, el agua oscura ya me llegaba hasta los gemelos. El siguiente fantasma me llevo hasta el desierto. Arenas movedizas surgían en la lejanía del horizonte. Una caravana de personas y animales aparecía a lo lejos. Las arenas se volvieron mates. Quería gritarles que era una trampa, no podía, los sonidos no salían de mi boca. Las risas alegres de los niños llegaron hasta mí. Grité y grité, pero nadie me oía. Las risas se transformaron en sollozos, luego en los más lastimeros llantos. Habían caído en el engaño. Las voces infantiles pidiendo auxilio se filtraron en la cabeza. La desolación me corrompía. Sentía como mis energías vitales se estaban apagando. Cada vez me costaba más respirar y mis movimientos se estaban ralentizando. Caí de rodillas. Los fantasmas no se habían movido de su sitio. Miré detrás, tan solo había atravesado a dos de ellos. Todavía me quedaba camino por recorrer. Me arrastré a gatas. Las piernas me pesaban. Me resbalé. Un golpe fuerte en la cabeza me hizo reaccionar. Tragué agua. Tenía un sabor extraño. Era demasiado amargo. Seguramente estaría contaminada con alguna sustancia. Empecé a toser con fuerza. Me estaba ahogando. Escupí con fuerza. Miré adelante. No podía mantener los ojos del todo abiertos. Dí un paso más. Iba a atravesar al tercer fantasma.

lunes, 3 de octubre de 2011

Fantasmas inalterables

En un abrir y cerrar de ojos toda la estancia se llenó de fantasmas. Algunos eran más oscuros, otros eran traslúcidos. Era impresionante la rapidez con la que se habían multiplicado. Yo estaba apoyado contra la pared. Intentaba no tocarlos para que no me traspasasen su agonía. El musgo azul había dejado de crecer. Un gran agujero se abría a mis pies. Parecía muy profundo.
Los fantasmas cada vez se encontraban más cerca de mí. Pensamientos negativos venían a mi cabeza. Momentos de tensión y angustia. Tenía que lograr salir de ahí. Quizás podría salir corriendo, era fácil atravesarles. Lo que no era tan fácil era las sensaciones que transmitían. Lo más seguro es que no fuese capaz de aguantarlo. Mi cabeza parecía un tornado de ideas que iban y venían. Ninguna me convencía del todo. Los fantasmas estaban quietos. Me estaban observando. Yo tampoco les quitaba ojo. En aquel momento me di cuenta de cuan diferentes eran todos. Eran entes no corpóreos, pero aún así tenían sus características particulares. Quizás fuesen las almas perdidas de los que murieron en aquella celda.
Mientras estaba navegando en mis pensamientos y conclusiones noté como los pies se me empezaban a mojar. Miré al suelo desconcertado. Del agujero emanaba agua. Era agua de un azul oscuro. Casi azul metálico, pero al fin y al cabo agua. Muchos trozos de musgo que había arrancado empezaron a flotar en ella. Yo estaba aturdido, los fantasmas estaban inalterables.

lunes, 29 de agosto de 2011

Hundimiento en el lodo

Miré al caballo de fuego. Le indiqué mediante gestos que escapase volando. En aquel momento, sus llamas eran negras, no supondría para él un gran esfuerzo, para pasar desapercibido. Los demás, debíamos buscar una solución rápida. Cuando más se aproximaba aquel ser volador, más grande era. Me recordaba vagamente a los cuervos contra los que luché tiempo atrás.
Miré al lodo, las extrañas siluetas seguían apareciendo. De alguna manera me resultaban familiares. Tenían algunos rasgos que se podían asemejar a la ninfa del árbol. Por desgracia, no podía afirmarlo. La sucesión de imágenes era demasiado rápida. Miré al cielo, aquello se aproximaba. Di un paso hacia atrás. Me asusté.  El lodo se empezó a elevar a mi alrededor. Miré mis pies. Se estaban hundiendo. La tierra que había debajo de ellos, había desaparecido. En un intento desesperado, miré a los demás. Estaban teniendo los mismos problemas que yo. Intenté luchar contra ello, intenté salir de aquel humedal. Era imposible.
El movimiento de las siluetas se empezó a volver frenético. Nos estaban invitando a adentrarnos en la ciénaga. Empezaron a surgir pequeños montículos. De ellos crecieron ramificaciones. Por último se transformaron en delgados brazos. La sucesión fue demasiado rápida. No nos dio tiempo a volver sobre nuestros pasos.
Tiraron de mi ropa. Cogieron los pequeños agujeros que había en mis pantalones y comenzaron a tirar hacia abajo. Luchaba con todas mis fuerzas, pero mis pies se hundían y aquellos brazos precipitaban mi hundimiento. No podía pedir ayuda a nadie, todos estábamos batallando contra lo mismo. Al final, aquel ser volador iba a ser el menor de nuestros problemas. Todavía no nos había descubierto, una tenue sombra nos daba cobijo.
El lodo se tragó rápidamente todo mi pecho. Iba a por mi cuello. Yo no quería, intentaba con todas mis fuerzas mantenerme a flote. Al final mi cabeza sucumbió a las circunstancias. Intenté tomar el último aliento.