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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Brillo de flechas

Estábamos escondidos cerca de la orilla. Entre los matorrales y las piedras. Todavía no estaba lo suficientemente fuerte como para poder caminar sin problemas. El pequeño ser intentaba aliviar mis dolores. Allí dónde me había mordido la poderosa serpiente, ahora había una gran cicatriz. En esa zona la piel se había quedado muerta y helada. Parecía que iba a tener  aquella cicatriz de por vida. Me estremecía solo de pensarlo.
La náyade por su parte había creado minúsculas esferas de cristal. Estaban llenas de agua. Podían resistir mucho tiempo sin estropearse, y servirían a Kaysa para mantenerse húmeda. Llevaba días ocupada con aquellos conjuros. En sus descansos venía a verme y me contaba leyendas e historias sobre el agua. Ella sí que conoció la época de la luz y los colores. En sus ojos se denotaba nostalgia por los tiempos pasados. Me mostró tanta confianza que una vez más me sentí cobarde. No podía desvelar el misterio de los ojos verdes. Tampoco sabría como explicarlo.
Cuando ya me encontraba un poco mejor, comenzamos a practicar con el arco. Kaysa me proporcionó flechas normales. Las que rescató de la cueva las tenía bien escondidas. No me reveló el por qué. Lo que sí me percaté, era que a pesar de que estaban escondidas, brillaban. Iba a ser complicado pasar desapercibidos con ellas. Despertaban mi fascinación.

martes, 8 de noviembre de 2011

Cobarde

-Levanta, te vi abrir los ojos hace unos minutos- escuché en mi mente la voz del pequeño ser. La escuché con alegría. Dejé que inundase todos mis sentidos. Era de lo más reconfortante. Busqué la luz en sus palabras. Busqué el significado de la vida.
-Aquí estoy- escuché decir a mi propia voz- no me voy a ningún lado- a lo que el pequeño ser se acercó aún más a mí y me dio un abrazo. Sentí un cariño profundo. Aquel sentimiento me hizo abrir los ojos y poco a poco levantarme.
-Antes te vi abrir los ojos- dijo lentamente el pequeño ser- fue un momento fugaz, pero no eras tu- bajó la voz. No eran tus ojos- se estremeció.
-¿Cómo que no eran mis ojos?- pregunté asustado mirando su expresión.
-Tus ojos están llenos de luz, no hay pensamientos oscuros en ellos- dijo sin dejar de mirarme- en cambio estos eran sombríos, fríos y calculadores. Diría incluso que más oscuros, casi negros-.
-No entiendo muy bien lo que estas diciendo- dije extrañado- hace un momento estaba inconsciente- claro en aquel momento me acordé súbitamente de la voz. Aquella voz que me había hablado. La que no quería dejarme marchar. Fui cobarde. No se lo confesé al pequeño ser.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Veneno

Sentí como las serpientes se acercaban. No habían desistido en el intento. La náyade seguía siendo una sirena. Por suerte podía nadar más rápido que ellas. Yo por mi parte no podía más. El veneno estaba ardiendo por todo mi cuerpo. Se había extendido con facilidad. Ya no tenía fuerzas para seguir escapando. Agarré a la náyade del brazo. Se me escapó. Creo que me cogió. No estaba del todo seguro. Todo era confuso a mi alrededor. Sentía el movimiento del agua en la cara. Procuraba mantenerme erguido, pero no podía. A pesar de estar ardiendo tenía frío. Cada vez más y más frío. Ya no sentía el agua. Había perdido la noción de tiempo y espacio. Las fuerzas de mis extremidades desaparecieron. La sensibilidad de mi piel se durmió. Los párpados me pesaban demasiado. Oscuridad.
-No te voy a dejar morir- escuché una voz lejana. Quería abrir los ojos pero no podía. Sentía que dos lápidas los habían cerrado- sigue mi voz, déjame entrar en ti- volvió a decir aquella voz. Un sonido desconocido para mí. De repente en mi mente aparecieron aquellos ojos verdes. Me hipnotizaron otra vez. No podía dejar de admirarlos. Intenté hablar. No podía. Mis labios estaban sellados.
-Te necesito para cumplir mis objetivos- susurró la voz sensual, la mirada se intensificó- no puedes morir, abre los ojos- un escalofrío recorrió mi cuerpo.