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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Brillo de flechas

Estábamos escondidos cerca de la orilla. Entre los matorrales y las piedras. Todavía no estaba lo suficientemente fuerte como para poder caminar sin problemas. El pequeño ser intentaba aliviar mis dolores. Allí dónde me había mordido la poderosa serpiente, ahora había una gran cicatriz. En esa zona la piel se había quedado muerta y helada. Parecía que iba a tener  aquella cicatriz de por vida. Me estremecía solo de pensarlo.
La náyade por su parte había creado minúsculas esferas de cristal. Estaban llenas de agua. Podían resistir mucho tiempo sin estropearse, y servirían a Kaysa para mantenerse húmeda. Llevaba días ocupada con aquellos conjuros. En sus descansos venía a verme y me contaba leyendas e historias sobre el agua. Ella sí que conoció la época de la luz y los colores. En sus ojos se denotaba nostalgia por los tiempos pasados. Me mostró tanta confianza que una vez más me sentí cobarde. No podía desvelar el misterio de los ojos verdes. Tampoco sabría como explicarlo.
Cuando ya me encontraba un poco mejor, comenzamos a practicar con el arco. Kaysa me proporcionó flechas normales. Las que rescató de la cueva las tenía bien escondidas. No me reveló el por qué. Lo que sí me percaté, era que a pesar de que estaban escondidas, brillaban. Iba a ser complicado pasar desapercibidos con ellas. Despertaban mi fascinación.

jueves, 6 de octubre de 2011

La luz guía

Aquella mano seguía en mi campo de visión. Intenté alcanzarla, pero cada vez que me movía escuchaba el aterrador aullido de los seres atrapados en el hielo. Debía llegar hasta el cuarto fantasma. Era mi deber. Alargué la mano. Un tacto frió me congeló. Comencé a viajar en el tiempo. Pero yo no quería. Cerré mi mente. La bloquee con un muro de hielo. No era suficiente, me imaginé fuego. Coloqué una serie de trampas mentales para que no llegase a mi esencia. Era complicado, agotador. Me estaba consumiendo mas rápidamente. La mano se estaba dispersando, debía cogerla antes de que fuese demasiado tarde. No podía dejar que se fuese.
Toqué algo. Quizás tan solo en mi imaginación. Quizás en mi desesperación, pero sujetaba algo. Me aferré a ese pensamiento. Mi cuerpo cayó al agua. Tragué mucho líquido. Mis pulmones se llenaron, me estaba ahogando. El fantasma todavía quería llevarme a aquel viaje. Yo no quería permitírselo. Oscuridad. Algo de luz, una figura distante. Oscuridad. Abrí los ojos a duras penas. Cogí aquella mano. Oscuridad. Abrí nuevamente los ojos, veía luz al fondo. Era como un túnel cilíndrico, con una luz al final. Quería llegar a aquella luz. Corrí veloz. Noté como mi cuerpo era arrastrado contra las rocas. Algunas se me clavaron en los músculos pero no me importó. Tan solo quería la luz. Me obsesioné con ella. Oscuridad otra vez. Dolor, estaba magullado, mi mente estaba al límite. Mis sensaciones eran inexistentes.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La senda de la rosa

-¿Por dónde deberíamos ir?- le pregunté al pequeño ser, el cual levantó los hombros en señal de incertidumbre- pues debemos pensarlo bien-.
Un ruido se escuchó a mis espaldas. Me di la vuelta y apareció Asks. Me quedé sorprendido. Desde su última desaparición, no sabíamos nada de él. Supuse que había seguido nuestro rastro. Al contrario que los demás, no se dio ningún golpe en la cabeza. Estaba algo confundido, pero nada más. Se acercó a nosotros sin bajar la guardia. No conocía aquel sitio y no se sentía cómodo con eso.
Volvimos a prestar la máxima atención a todos los pasillos que nos rodeaban. Eran exactamente iguales. Ninguna marca distintiva, ningún sonido fuera de lo común, ningún saliente de roca.
El pequeño ser se acercó a una pared. Cerró los ojos y empezó a realizar un ritual. Cantaba en voz muy bajita, casi parecía un susurro. Colocó sus manos encima de una roca. Las situó de manera simétrica. Después colocó la frente y aumentó un poco el tono de voz. Entorno a toda la sala se empezó a formar una capa de energía. Iba cambiando de colores. Era un espectáculo increíble. Incluso las llamas de Asks se volvieron de un color celeste más intenso y aumentaron su tamaño.
Cuando la capa de energía desapareció, las piedras se llenaron de marcas. Había de todos los tipos y de todos los tamaños. Me acerqué, era complicado distinguirlas, todas tenían el mismo color gris. Fui revisando una a una , pero eran demasiadas. De repente, una de ellas me llamó la atención. Estaba en el lado contrario al que me encontraba yo. Era de un leve color rojo oscuro. Me acerqué a toda prisa. Mi alegría fue inmensa cuando descubrí que tenía la forma de una rosa. Se encontraba situada en una de las entradas.
-Esta marca debe de ser de la náyade- sonreí satisfecho. Me adentré en un oscuro pasillo. La humedad me azotó, pero en aquel momento era optimista.

viernes, 1 de julio de 2011

Vaho frío

No podía evitarlo. Mi cuerpo se acercaba a gran velocidad hacia el árbol. Cuando mi cuerpo rozó la corteza se quedó inmóvil. Esta vez no me iba a adentrar en él. La fuerza que me empujaba hacia allí simplemente desapareció. Una sensación de intranquilidad y miedo me invadió. Notaba que algo iba a suceder, pero todo estaba en la más absoluta calma.
Era como la vez anterior, el silencio precedía al horror. El vello de mis brazos se erizaba. La sensación de inquietud crecía en mi interior. Dí una vuelta alrededor del árbol. Pero no había nada. Miré al horizonte, pero solo había oscuridad. Ningún otro árbol. Ningún ser vivo.  Me senté junto a una gruesa raíz que sobresalía del suelo, para esperar mi sino.
Mientras estaba pensando en todo lo que me había sucedido, la tierra se empezó a congelar poco a poco. Cuando ya estuvo totalmente congelada, un vaho muy frío empezó a desprenderse de ella. Las raíces del árbol también comenzaron a transformarse. Todo lo que me rodeaba parecía un gran bloque de hielo.
Miré a mi alrededor pero no veía nada, tan solo existía un sonido muy raro a lo lejos. Agudicé el oído, presté la máxima atención. Entre la confusión de mi mente, escuché como unos caballos relinchaban, así, como el sonido de un látigo. Intenté concentrarme más aún para identificar de dónde venía el sonido. Se aproximaba hacia mí a mucha velocidad. Pasados unos segundos, distinguí el sonido del galope. Miré detrás del árbol. Apareció de la nada, una gran neblina .
Como por arte de magia aquel vaho se hizo menos denso y aparecieron los esqueletos de unos caballos. Se movían con facilidad y detrás de ellos, de la nada, apareció una gran carroza. Iba conducida por alguien, pero mis ojos no lo podían distinguir. A duras penas vi que se levantó y tiró un sombrero rojo al suelo. Me había visto y mis piernas no me obedecían para escapar. Empezó a bajar sin prisa las escaleras del carruaje.

martes, 28 de junio de 2011

En las entrañas del árbol

Por más que agudizaba el oído nada. Era un silencio inquietante, un silencio que ponía los pelos de punta. Una ola de calor me atravesó el cuerpo. Venía de las entrañas del árbol. La temperatura allí dentro iba aumentando por momentos. Unas pequeñas llamas de fuego aparecieron en los costados.Si seguía avanzando así, me quemaría vivo.
Unas suaves voces empezaron a acompañar a las llamas. Cuanto más se avivan las llamas más fuertes eran aquellas voces. Pronto la piel me ardería y mis tímpanos estallarían. No tenía escapatoria. Estaba en un espacio muy estrecho. 
Cuando las llamas alcanzaron un tamaño considerable, noté como mi cuerpo se empezó a encoger. Mis músculos sufrieron temblores y pequeños espasmos. Cada vez se estaba haciendo más pequeño. Llegó al tamaño de un niño. Cuando mi reducción se estabilizó, el fuego también cesó de crecer. Noté como la temperatura era insoportable y las voces habían llegado a tal  nivel que me estaban taladrando los oídos y la cabeza. Cuando pensaba que estaba en el  límite de mis fuerzas un frió glaciar sacudió todo el interior del árbol. Las llamas se apagaron al igual que las voces. Otra vez silencio. 
Detrás del silencio empezaron a aparecer espectros. Figuras difuminadas que se volvían más claras cuando se acercaban a mi. Eran mujeres y niños. Todos con expresiones de dolor y sus caras reflejaban terror. Y más silencio. Y más imágenes. Cada uno de esos fantasmas habían tenido vida propia, seguramente con cosas buenas y cosas malas. Ahora sus ojos representaban solo el sufrimiento de su muerte. Estaban vacías de alegría, vacías de amor. Una nueva ola de frío polar se cernía sobre mí.