Un mundo mágico nuevo.. donde la oscuridad ha ganado la batalla a la luz...un humano se enfrentará a aventuras inesperadas...apto solo para valientes...
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viernes, 27 de enero de 2012
viernes, 30 de septiembre de 2011
Necesidad de agua
Desde luego, me sentía impotente. El pequeño ser apenas se estaba recuperando. La náyade se encontraba en un estado más que lamentable. Asks estaba estable, pero sus fuerzas también estaban mermadas. Los pequeños duendecillos permanecian impasibles. Frustrado, incompetente e inútil. Había entrado en una espiral de autocompasión Aquello no era normal en mí. Debía alejar aquellos pensamientos y pensar en soluciones. Tenía que optimizar el tiempo, tal y como me había enseñado mi padre.
Empecé a mirar a mi alrededor. El techo era demasiado alto. Quizás podía pedir a los duendecillos que conjurasen una enredadera. ¿Pero de que serviría?, una vez arriba, no tendríamos como hacer un agujero hasta la superficie.
Miré al pequeño ser, quería saber su opinión y sus ideas. Todavía estaba recuperándose. No estaba en plenas facultades. Miré a la náyade, su piel se estaba agrietando. Me empezó a pedir agua. No tenía agua para darla. Ella la necesitaba con mucha urgencia. Me puse nervioso, no había llegado hasta allí para que ahora ella se muriese. Fui corriendo al calabozo. Tenía la esperanza de que hubiese algo húmedo por allí. Al final, lo encontré, un pequeño cuenco de agua. No era suficiente, pero por el momento debería valer. Cuando volví, bebió como si le fuese la vida en ello. Me di cuenta de que el tiempo para salir de allí con vida se nos estaba acortando. Necesitaba un milagro. Volví al calabozo. Quizás allí encontrase una salida. Era una esperanza mínima, pero la verdad es que no se me ocurrían más ideas. Lo estudié a fondo. Era una zona más húmeda que las otras. De algún lado tenía que venir aquella humedad. Tan solo debía descubrirlo. Me agarré a aquella mínima creencia. No podía fallarles a los que ya consideraba como mi familia.
Empecé a mirar a mi alrededor. El techo era demasiado alto. Quizás podía pedir a los duendecillos que conjurasen una enredadera. ¿Pero de que serviría?, una vez arriba, no tendríamos como hacer un agujero hasta la superficie.
Miré al pequeño ser, quería saber su opinión y sus ideas. Todavía estaba recuperándose. No estaba en plenas facultades. Miré a la náyade, su piel se estaba agrietando. Me empezó a pedir agua. No tenía agua para darla. Ella la necesitaba con mucha urgencia. Me puse nervioso, no había llegado hasta allí para que ahora ella se muriese. Fui corriendo al calabozo. Tenía la esperanza de que hubiese algo húmedo por allí. Al final, lo encontré, un pequeño cuenco de agua. No era suficiente, pero por el momento debería valer. Cuando volví, bebió como si le fuese la vida en ello. Me di cuenta de que el tiempo para salir de allí con vida se nos estaba acortando. Necesitaba un milagro. Volví al calabozo. Quizás allí encontrase una salida. Era una esperanza mínima, pero la verdad es que no se me ocurrían más ideas. Lo estudié a fondo. Era una zona más húmeda que las otras. De algún lado tenía que venir aquella humedad. Tan solo debía descubrirlo. Me agarré a aquella mínima creencia. No podía fallarles a los que ya consideraba como mi familia.
jueves, 11 de agosto de 2011
Enredaderas
Tan solo acabé con tres antes de que recuperasen el movimiento por completo. Ahora estaba en una situación complicada. Los druidas todavía seguían atados al conjuro. Los monstruos habían sido liberados y buscaban venganza. Corrí lo más rápido que pude hacia los druidas. Estaban indefensos, empezaban a controlar sus movimientos, pero todavía eran demasiado lentos.
Me puse delante de ellos, pero ante la furia de mis adversarios no tenía muchas opciones. Todavía eran muchos. Miré a mi alrededor y me concentré. El sonido del caballo de fuego me llegó a los oídos. Todavía seguía encerrado. Salté entre las raíces del árbol para llegar hasta él. Me podría servir de ayuda. No entendía como no se me había ocurrido antes. Veloz como un rayo le solté de sus ataduras. Tuve que esforzarme mucho para no quedar atrapado por una enredadera que surgía en mis pies.
Cuando el caballo se liberó extendió sus alas y adoptó otra vez su color de piel original. Empezó a avanzar a mi lado. Las enredaderas no cesaban de dificultarnos el camino. En escasos segundos había crecido hasta unas dimensiones que mis ojos no alcanzaban a ver. Se expandió por todo el claro del bosque. Estaba entorpeciendo la existencia de todos los presentes.
Observé que a los que más se movían les zambullía por completo entre sus hojas. Decidí paralizar mis músculos. Mis pies quedaron atrapados, pero el resto de mi cuerpo se vio libre. Miré a la mujer del árbol. Observaba satisfecha la situación. Busqué a los pequeños duendecillos. Habían abandonado sus travesuras con los monstruos. Ahora estaban entonando extraños cánticos y saltaban alrededor del origen de la enredadera. Eran ellos los que favorecían el crecimiento. Estaba confundido, no sabía como afrontar la situación.
El caballo a mi lado relinchó. De alguna manera había conseguido liberarse de sus ataduras. Batió sus alas y alzó el vuelo. Se perdió en el horizonte. Me quedé atónito. No esperaba que nos abandonase en esos momentos de necesidad.
Me puse delante de ellos, pero ante la furia de mis adversarios no tenía muchas opciones. Todavía eran muchos. Miré a mi alrededor y me concentré. El sonido del caballo de fuego me llegó a los oídos. Todavía seguía encerrado. Salté entre las raíces del árbol para llegar hasta él. Me podría servir de ayuda. No entendía como no se me había ocurrido antes. Veloz como un rayo le solté de sus ataduras. Tuve que esforzarme mucho para no quedar atrapado por una enredadera que surgía en mis pies.
Cuando el caballo se liberó extendió sus alas y adoptó otra vez su color de piel original. Empezó a avanzar a mi lado. Las enredaderas no cesaban de dificultarnos el camino. En escasos segundos había crecido hasta unas dimensiones que mis ojos no alcanzaban a ver. Se expandió por todo el claro del bosque. Estaba entorpeciendo la existencia de todos los presentes.
Observé que a los que más se movían les zambullía por completo entre sus hojas. Decidí paralizar mis músculos. Mis pies quedaron atrapados, pero el resto de mi cuerpo se vio libre. Miré a la mujer del árbol. Observaba satisfecha la situación. Busqué a los pequeños duendecillos. Habían abandonado sus travesuras con los monstruos. Ahora estaban entonando extraños cánticos y saltaban alrededor del origen de la enredadera. Eran ellos los que favorecían el crecimiento. Estaba confundido, no sabía como afrontar la situación.
El caballo a mi lado relinchó. De alguna manera había conseguido liberarse de sus ataduras. Batió sus alas y alzó el vuelo. Se perdió en el horizonte. Me quedé atónito. No esperaba que nos abandonase en esos momentos de necesidad.
miércoles, 27 de julio de 2011
Llamas negras y grises
Debíamos alejarnos de allí, para no cruzarnos con aquel destello. Después de observar la situación, era muy probable que exactamente eso sucediese. Debíamos actuar rápidamente si no queríamos cruzarnos en su camino. Miré a mis acompañantes. Ellos tampoco sabían que hacer. No podíamos salir volando, ya que, captaríamos su atención. Debíamos actuar rápido. El brillo azul metalizado, se estaba acercando hacia nuestra posición. Sí salíamos corriendo, posiblemente nos oirían. Estábamos atrapados.
La única opción que nos quedaba era trepar al árbol más cercano e intentar pasar desapercibidos. Con silenciosos gestos, indiqué a mis compañeros el plan. El pequeño ser y yo empezamos a trepar. Cuando ya estuvimos en lo alto, caí en la cuenta de que el caballo no podía trepar y no tendría donde esconderse. Le miré preocupado. El me miró a mí, y de repente vi como una llama se encendía en sus ojos. Empezó a emitir un suave sonido. Parecía el ruido que hacen las hojas de los árboles cuando el viento juega con ellas.
Las llamas de sus crines empezaron a arder de forma más violenta. El color rojo se acentuó, y probablemente se podría ver a kilómetros de distancia. Cuando las llamas alcanzaron su plenitud, empezaron a volverse más oscuras. Pasaron a rojo oscuro, para finalmente volverse grises y negras. Una ola de alegría invadió todo mi ser, de esta manera podríamos pasar desapercibidos. Cuando hubo terminado su transformación, el caballo se agazapó detrás de unos matorrales. Así en un silencio sepulcral esperamos nuestro destino. Mientras tanto, aquel brillo cada vez se acercaba más. Cuando estaba a escasos metros de nosotros, más brillos del mismo color aparecieron. Aquello no era buena señal. Llegué a contar hasta diez, pero mi visión se perdía entre los árboles. Podía ser que hubiese más.
Tenía un nudo en el estómago,el estruendo que se empezó a escuchar por todo el bosque era ensordecedor. Ponía los pelos de punta. Cada vez estaba más cerca, en pocos minutos llegaría a nuestra posición.
La única opción que nos quedaba era trepar al árbol más cercano e intentar pasar desapercibidos. Con silenciosos gestos, indiqué a mis compañeros el plan. El pequeño ser y yo empezamos a trepar. Cuando ya estuvimos en lo alto, caí en la cuenta de que el caballo no podía trepar y no tendría donde esconderse. Le miré preocupado. El me miró a mí, y de repente vi como una llama se encendía en sus ojos. Empezó a emitir un suave sonido. Parecía el ruido que hacen las hojas de los árboles cuando el viento juega con ellas.
Las llamas de sus crines empezaron a arder de forma más violenta. El color rojo se acentuó, y probablemente se podría ver a kilómetros de distancia. Cuando las llamas alcanzaron su plenitud, empezaron a volverse más oscuras. Pasaron a rojo oscuro, para finalmente volverse grises y negras. Una ola de alegría invadió todo mi ser, de esta manera podríamos pasar desapercibidos. Cuando hubo terminado su transformación, el caballo se agazapó detrás de unos matorrales. Así en un silencio sepulcral esperamos nuestro destino. Mientras tanto, aquel brillo cada vez se acercaba más. Cuando estaba a escasos metros de nosotros, más brillos del mismo color aparecieron. Aquello no era buena señal. Llegué a contar hasta diez, pero mi visión se perdía entre los árboles. Podía ser que hubiese más. Tenía un nudo en el estómago,el estruendo que se empezó a escuchar por todo el bosque era ensordecedor. Ponía los pelos de punta. Cada vez estaba más cerca, en pocos minutos llegaría a nuestra posición.
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